Daniele Conversi, German-Bashing and the Breakup of Yugoslavia (University of Washington, Seattle, 1998).

Reviewed by Carlos Taibo, for 'Política Exterior', 1999




De entre las que han ido cobrando cuerpo al calor de la desintegración de Yugoslavia, pocas cuestiones han suscitado más disputa que la relativa al reconocimiento alemán de Eslovenia y de Croacia. No deja de ser sorprendente, sin embargo, que una materia tan debatida haya escapado al estudio serio y minucioso, de tal suerte que a la postre se hayan impuesto, en su consideración, los lugares comunes. Como quiera que nunca es tarde si la dicha es buena, el trabajo de Daniele Conversi --profesor en Cornell, Syracuse y Budapest, y autor de una monografía titulada The Basques, the Catalans, and Spain. Alternatives Routes to National Mobilization-- que aquí glosamos aporta por fin un análisis convincente de esos reconocimientos en el que se explica a la vez cómo se les ha podido atribuir una importancia tan desmesurada y cómo, al amparo de lo anterior, se han menoscabado factores importantes a la hora de explicar el proceso de desintegración de Yugoslavia.
 Conversi emplaza la demonización de la política alemana en relación con Yugoslavia en un marco preciso: el trenzado por una general germanofobia que, inserta en la memoria histórica del Reino Unido y de Francia, ha hecho del temor a un eventual IV Reich, con sus imaginables secuelas expansionistas, un argumento recurrente. Una de las consecuencias subterráneas de esa demonización ha sido un apoyo postrero a las fórmulas políticas preexistentes a la desintegración de Yugoslavia y una voluntad ciega de ignorar que quien de manera efectiva estaba haciendo lo que estaba de su mano para romper el Estado federal era precisamente la elite dirigente serbia, y ello por mucho de que en su discurso retórico se declarase firmemente comprometida en la preservación de aquél. Y es que Conversi demuestra fehacientemente que la posición de quienes tanto han denostado los reconocimientos alemanes de Eslovenia y de Croacia coincide expresamente con la de quienes, tras rebajar hasta poco más que la nada la influencia de los aspectos internos en el proceso de desintegración, han ignorado de forma manifiesta la formidable ruptura de las reglas del juego federal acometida por las versiones dominantes del nacionalismo serbio y han acabado por alinearse acríticamente durante años con la parte más fuerte --Belgrado-- de cuantas operaban en los conflictos que iban viendo la luz.
 Pero el trabajo de Conversi tiene también la virtud de recordarnos que en la pluma de muchos analistas supuestamente sesudos los reconocimientos alemanes se han convertido en una fuente significada de despropósitos. Se ha dicho a menudo, por ejemplo, que Alemania reconoció inmediatamente a Eslovenia y a Croacia, afirmación desmentida por cualquier fugaz consulta a una hemeroteca: los reconocimientos se produjeron medio año después de las declaraciones de independencia respectivas. Se ha sostenido, en otro plano, que las dos repúblicas secesionistas asumieron esas declaraciones porque sabían que Alemania iba a respaldarlas sin rebozo: semejante afirmación olvida que en el momento en que las declaraciones de independencia se produjeron Alemania no había procedido a reconocer a ningún nuevo Estado de la Europa central y oriental, circunstancia que por sí sola desdibujaba cualquier horizonte de sólidas complicidades. En el paroxismo se ha llegado a aseverar, en fin, que fueron los reconocimientos alemanes los que provocaron la guerra, en abierta ignorancia de que esta última --hablo ahora de la librada en 1991 en la Krajina y en Eslavonia por milicias croatas y un ejército federal yugoslavo claramente serbianizado-- antecedió a los citados reconocimientos y, más aún, tocó a su fin una vez éstos se verificaron. Parece, antes bien, que esa guerra, con la sangrienta reaparición de salvajes operaciones de limpieza étnica de territorios alentadas desde Belgrado, fue uno de los datos que promovió los reconocimientos germanos.
 El libro de Conversi aporta una información solvente en lo que se refiere a una cuestión decisiva: la política de la Unión Europea --de la Comunidad Europea, para ser más precisos-- en los momentos iniciales de la desintegración de Yugoslavia. Al respecto no sólo ilustra la existencia, bien conocida, de agudas divisiones entre los estados miembros, plasmadas tanto en la condición unilateral de los reconocimientos germanos como en las discrepancias relativas al proceso temporal que debía conducir a un reconocimiento final y generalizado. Los problemas no menguaron cuando vieron la luz las recomendaciones de la Comisión Badinter, que exigían de los estados candidatos al reconocimiento un registro adecuado en materia de derechos humanos que en la realidad aquéllos no se vieron obligados a demostrar. El embargo que acabó por pesar sobre todos los contendientes fue, en suma, una medida extremadamente discutible, no en vano contribuyó a fortalecer la posición militar de un ejército federal yugoslavo claramente supeditado a los intereses del régimen serbio. Conversi entiende --y no le falta razón-- que ante semejante acumulación de despropósitos y disputas la demonización de los reconocimientos alemanes convirtió a éstos en un genuino chivo expiatorio que hacía olvidar los restantes problemas.
 Aun con todo lo dicho, parece que en la obra que nos ocupa se rebaja en exceso el vigor de mezquinos intereses germanos en el doble reconocimiento de Eslovenia y de Croacia. Es verdad que este último algo le debió a la presión de una opinión pública lógicamente preocupada por las imágenes que llegaban de Vukovar y de Osijek, y a la postre innegablemente solidaria --mucho más que la de cualquier otro país de la UE-- con los refugiados procedentes Bosnia, Croacia o Kosovo. Pero se antoja también creíble que los dirigentes alemanes no le hicieron ascos a la restauración de viejas zonas de influencia y que, en consecuencia, mostraron un compromiso menor con las ideas de autodeterminación, democracia y derechos humanos que el que Conversi --sin duda llevado de la urgencia de dar una respuesta convincente a tantas simplificaciones que dan en sostener que fueron los reconocimientos alemanes, por arte de magia, los que provocaron la desintegración de Yugoslavia-- sugiere. Aun con ello, el trabajo que glosamos es un material decisivo para analizar una cuestión que ha suscitado, más que mucha tinta, mucho movimiento de labios en debates y tertulias. Y para hacerlo, por añadidura, desde una consideración crítica, la de un genuino experto en la desintegración de Yugoslavia, que por desgracia ha faltado a menudo en esos labios que tanto se movían.

       Carlos Taibo

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