Reviewed by Carlos Taibo, for 'Política Exterior', 1999
De entre las que han ido cobrando cuerpo al calor de la desintegración
de Yugoslavia, pocas cuestiones han suscitado más disputa que la
relativa al reconocimiento alemán de Eslovenia y de Croacia. No
deja de ser sorprendente, sin embargo, que una materia tan debatida haya
escapado al estudio serio y minucioso, de tal suerte que a la postre se
hayan impuesto, en su consideración, los lugares comunes. Como quiera
que nunca es tarde si la dicha es buena, el trabajo de Daniele Conversi
--profesor en Cornell, Syracuse y Budapest, y autor de una monografía
titulada The Basques, the Catalans, and Spain. Alternatives Routes to National
Mobilization-- que aquí glosamos aporta por fin un análisis
convincente de esos reconocimientos en el que se explica a la vez cómo
se les ha podido atribuir una importancia tan desmesurada y cómo,
al amparo de lo anterior, se han menoscabado factores importantes a la
hora de explicar el proceso de desintegración de Yugoslavia.
Conversi emplaza la demonización de la política
alemana en relación con Yugoslavia en un marco preciso: el trenzado
por una general germanofobia que, inserta en la memoria histórica
del Reino Unido y de Francia, ha hecho del temor a un eventual IV Reich,
con sus imaginables secuelas expansionistas, un argumento recurrente. Una
de las consecuencias subterráneas de esa demonización ha
sido un apoyo postrero a las fórmulas políticas preexistentes
a la desintegración de Yugoslavia y una voluntad ciega de ignorar
que quien de manera efectiva estaba haciendo lo que estaba de su mano para
romper el Estado federal era precisamente la elite dirigente serbia, y
ello por mucho de que en su discurso retórico se declarase firmemente
comprometida en la preservación de aquél. Y es que Conversi
demuestra fehacientemente que la posición de quienes tanto han denostado
los reconocimientos alemanes de Eslovenia y de Croacia coincide expresamente
con la de quienes, tras rebajar hasta poco más que la nada la influencia
de los aspectos internos en el proceso de desintegración, han ignorado
de forma manifiesta la formidable ruptura de las reglas del juego federal
acometida por las versiones dominantes del nacionalismo serbio y han acabado
por alinearse acríticamente durante años con la parte más
fuerte --Belgrado-- de cuantas operaban en los conflictos que iban viendo
la luz.
Pero el trabajo de Conversi tiene también la virtud de
recordarnos que en la pluma de muchos analistas supuestamente sesudos los
reconocimientos alemanes se han convertido en una fuente significada de
despropósitos. Se ha dicho a menudo, por ejemplo, que Alemania reconoció
inmediatamente a Eslovenia y a Croacia, afirmación desmentida por
cualquier fugaz consulta a una hemeroteca: los reconocimientos se produjeron
medio año después de las declaraciones de independencia respectivas.
Se ha sostenido, en otro plano, que las dos repúblicas secesionistas
asumieron esas declaraciones porque sabían que Alemania iba a respaldarlas
sin rebozo: semejante afirmación olvida que en el momento en que
las declaraciones de independencia se produjeron Alemania no había
procedido a reconocer a ningún nuevo Estado de la Europa central
y oriental, circunstancia que por sí sola desdibujaba cualquier
horizonte de sólidas complicidades. En el paroxismo se ha llegado
a aseverar, en fin, que fueron los reconocimientos alemanes los que provocaron
la guerra, en abierta ignorancia de que esta última --hablo ahora
de la librada en 1991 en la Krajina y en Eslavonia por milicias croatas
y un ejército federal yugoslavo claramente serbianizado-- antecedió
a los citados reconocimientos y, más aún, tocó a su
fin una vez éstos se verificaron. Parece, antes bien, que esa guerra,
con la sangrienta reaparición de salvajes operaciones de limpieza
étnica de territorios alentadas desde Belgrado, fue uno de los datos
que promovió los reconocimientos germanos.
El libro de Conversi aporta una información solvente en
lo que se refiere a una cuestión decisiva: la política de
la Unión Europea --de la Comunidad Europea, para ser más
precisos-- en los momentos iniciales de la desintegración de Yugoslavia.
Al respecto no sólo ilustra la existencia, bien conocida, de agudas
divisiones entre los estados miembros, plasmadas tanto en la condición
unilateral de los reconocimientos germanos como en las discrepancias relativas
al proceso temporal que debía conducir a un reconocimiento final
y generalizado. Los problemas no menguaron cuando vieron la luz las recomendaciones
de la Comisión Badinter, que exigían de los estados candidatos
al reconocimiento un registro adecuado en materia de derechos humanos que
en la realidad aquéllos no se vieron obligados a demostrar. El embargo
que acabó por pesar sobre todos los contendientes fue, en suma,
una medida extremadamente discutible, no en vano contribuyó a fortalecer
la posición militar de un ejército federal yugoslavo claramente
supeditado a los intereses del régimen serbio. Conversi entiende
--y no le falta razón-- que ante semejante acumulación de
despropósitos y disputas la demonización de los reconocimientos
alemanes convirtió a éstos en un genuino chivo expiatorio
que hacía olvidar los restantes problemas.
Aun con todo lo dicho, parece que en la obra que nos ocupa se
rebaja en exceso el vigor de mezquinos intereses germanos en el doble reconocimiento
de Eslovenia y de Croacia. Es verdad que este último algo le debió
a la presión de una opinión pública lógicamente
preocupada por las imágenes que llegaban de Vukovar y de Osijek,
y a la postre innegablemente solidaria --mucho más que la de cualquier
otro país de la UE-- con los refugiados procedentes Bosnia, Croacia
o Kosovo. Pero se antoja también creíble que los dirigentes
alemanes no le hicieron ascos a la restauración de viejas zonas
de influencia y que, en consecuencia, mostraron un compromiso menor con
las ideas de autodeterminación, democracia y derechos humanos que
el que Conversi --sin duda llevado de la urgencia de dar una respuesta
convincente a tantas simplificaciones que dan en sostener que fueron los
reconocimientos alemanes, por arte de magia, los que provocaron la desintegración
de Yugoslavia-- sugiere. Aun con ello, el trabajo que glosamos es un material
decisivo para analizar una cuestión que ha suscitado, más
que mucha tinta, mucho movimiento de labios en debates y tertulias. Y para
hacerlo, por añadidura, desde una consideración crítica,
la de un genuino experto en la desintegración de Yugoslavia, que
por desgracia ha faltado a menudo en esos labios que tanto se movían.
Carlos Taibo